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Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Ordesa, un valle excavado por un glaciar

La naturaleza palpita sobre una escenografía de gigantes de roca, abismales paredes multicolores y umbríos bosques. Visitar sin dejar huella es clave para conservarlo.

Actualizada 27/08/2018 a las 14:46
Circo de Cotatuero, en el valle de OrdesaPrames


Ya no huele a mar, pero las cumbres y valles del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido fueron un antiguo mar. Colosales empujes levantaron la cordillera pirenaica y los sedimentos de aquel fondo marino se deslizaron, fracturaron, plegaron y encabalgaron. Hace millones de años, los movimientos tectónicos de la orogénesis alpino-pirenaica dieron lugar a la estructura del macizo de Monte Perdido. Luego actuarían la erosión y el tiempo.

Este parque nacional forma parte de la unidad fisiográfica del macizo de Monte Perdido. Sus 3.348 metros de altitud dominan la orografía de la zona y lo convierten en el mayor macizo montañoso calcáreo de Europa Occidental, con las cimas de las Tres Serols: Monte Perdido, Cilindro de Marboré y pico de Añisclo –Soum de Ramond-. Desde su altura derivan, a modo de brazos, los valles de Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta, modelados por las aguas de los ríos Arazas, Bellós, Yaga y Cinca. Son los cuatro sectores en que se estructura el parque.

Desde la cima de las Treserols se localizan hacia el sur un total de cinco pliegues tumbados cabalgantes. El último, el más grande, es cortado por el cañón de Ordesa. La disposición en pisos de sus paredes verticales evocaban a Louis Ramond de Carbonnières, a comienzos del siglo XIX, "un inmenso edificio en ruinas". Pero todo es más complejo.

Contrastan en el paisaje volúmenes y huecos. Crestas, agujas, profundos valles y cañones se suceden y hablan de las vigorosas fuerzas que intervinieron en la formación de unos relieves jóvenes desde el punto de vista geológico. Después, enormes glaciares mordieron y pulieron la roca, deslizándose por Ordesa hasta el valle de Broto tallando el característico perfil de valle en ‘U’. En la actualidad, conviven en el paisaje formas abruptas y aplanadas.

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El valle de Ordesa fue el embrión del parque nacional que cumple cien años y es el sector que mayor número de visitantes recibe. Con un desnivel de más de 2.000 metros entre la cabecera y la parte más baja del valle, el de Ordesa es un magnífico cañón de unos 13 km de longitud. Antiguos glaciares y la constancia del río Arazas fueron sus escultores.

El agua recogida en los circos de altura se derrama en la Cola de Caballo. Desde allí, el Arazas desciende por un cauce escalonado en forma de gradas y salta con estruendo en una sucesión de cascadas: Cola de Caballo, Gradas de Soaso, Cascada del Estrecho... Encima y en torno a las armoniosas Gradas de Soaso, aparecen zonas húmedas, las turberas, donde el agua aflora en superficie.

Las estaciones cambian cada año los colores de Ordesa. De la nieve a la paleta del otoño. La dureza pétrea de las grandes extensiones de roca desnuda de la parte más alta –pensemos en el monumental Tozal del Mallo– contrasta con las zonas de bosque, sobre todo de pino royo en las laderas solanas, de hayedos en la umbría y de abetos y pino negro en las zonas altas más abruptas. El de las hayas o el de abetos de Cotatuero son bosques de gran madurez, conservados en un estado muy cercano al natural gracias precisamente a la protección de la figura de parque nacional.

Pese a la presión turística, quebrantahuesos, ranas pirenaicas y perdices nivales destacan entre la fauna de este sector.

Las fajas, balcones privilegiados

La arquitectura vertical del acantilado que corta Ordesa se deja recorrer a través de cornisas solo aptas para públicos con experiencia en montaña: las fajas del Mallo, Luenga, Pelay o de las Flores. Escala humana en un paisaje de murallas colosales. En la Faja Pelay abunda el rododendro, arbusto tupido de flores rosa vivo al que suele acompañar el arándano. Justo enfrente, en la solana, el pinchoso erizón de flores amarillas. Por la estrechísima faja de las Flores transcurre una bella pero larga excursión en la que, en julio y agosto, se encuentra la flor de nieve o edelweiss, especialmente en el entorno del circo de Cotatuero.

Y la espada Durandal abrió la Brecha

Fue la espada Durandal, cuenta la leyenda pirenaica, la que, de un golpe, rompió la muralla rocosa, abriendo la hendidura por la que huyó Roldán, sobrino del emperador Carlomagno, herido y perseguido por las tropas musulmanas. Desde allí divisó por última vez su tierra. Fue un tajo de envergadura: 100 metros de alto por 40 de ancho. Hoy atraviesan este curioso pórtico natural montañeros y excursionistas, pero en tiempos lo hicieron contrabandistas, refugiados y trabajadores temporales en Francia. Hasta una duquesa, la de Berry, con un séquito de 150 personas y cinco baúles, ascendió en 1928, de viaje para tomar las aguas en Bagneres de Bigorre.

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