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Día Internacional para la Prevención del Suicidio

"Estaba detrás del eclipse hasta que, con ayuda psicológica, empecé a ver la luz"

El Teléfono de la Esperanza de Aragón atendió cerca de 6.000 llamadas en 2017. Ainhoa Iraeta, lesionada medular, ofrece su testimonio "para ayudar a la gente que está mal y decirle que vale la pena saborear las pequeñas cosas".

10/09/2018 a las 05:00
Ainhoa Iraeta, con anorexia, cuenta cómo ha aprendido a vivir con la enfermedad.


La frase que acompaña a todos los carteles de la nueva campaña del Teléfono de la Esperanza, "el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe"conmueve a Ainhoa Iraeta, de 42 años. Es una de las personas cuyo testimonio demuestra que es posible superar las tentaciones suicidas o autodestructivas si se pide ayuda a tiempo. Este lunes, 10 de septiembre, es el Día Internacional para la Prevención del Suicidio.

Tras haber tocado fondo por culpa de su enfermedad mental, recuerda que al principio, de jovencita, se sentaba en una silla y le daba igual lo que le dijeran. "Hasta muy avanzada edad no he podido aprender a esforzarme en las cosas que me decían para poder cambiar o estar mejor. Ahora lo veo de otra manera. Hoy con la psicóloga he disfrutado. Aparte de que me conoce desde que era una niña, compartimos cosas. Yo cuento, pero también escucho. Es algo muy bonito", relata esta paciente que ha aprendido a vivir con la anorexia.

Su trastorno comenzó a los 14 años, cuando recibió el diagnóstico de una enfermedad que le ha hecho tocar fondo varias veces. "Al dejar la gimnasia –recuerda– empecé a engordar. No salía de casa porque no me gustaba mi cuerpo y mi madre me animó a hacer una dieta con un especialista. La hice, adelgacé 15 kilos y ahí empezó todo. Tenía miedo a volver a engordar porque perdía una seguridad en mí misma que no era real. Al poco me di cuenta de que las acciones, los pensamientos que yo tenía eran los de una anoréxica. Creía que controlaba, pero llegó un momento en que el trastorno me controlaba a mí. Lo pasé muy mal", confiesa.

En los primeros años de su juventud, Ainhoa pudo compaginar la enfermedad con el trabajo, las amigas, el novio… Pero luego su trastorno empezó a hacer mella en todo aquello que había logrado. "A los 25 años ingresé en un centro psiquiátrico porque necesitaba ayuda para engordar. Estaba en un peso con desnutrición muy elevada. Me pusieron una sonda gástrica y empecé a engordarme", relata.

Fueron "dos largos meses" para Ainhoa, quien recuerda aquellos días como un castigo y guarda un recuerdo "traumático" de aquellos años. "Al final te enganchas a gente que tiene problemas con las drogas, el alcoholOtra te cuenta sus trucos para vomitar mejor y cuando no, había veces que me contenían en la cama con la sonda gástrica… De los 25 hasta hace tres años, cuando conocí el Teléfono de la Esperanza a través de una amiga, no sé ni qué hice con mi vida: aislarme, no tener vida social. Prácticamente nada", cuenta al hacer balance. 

En esos años, Ainhoa y su familia vivieron momentos muy "duros", que ahora, al recordarlos y tras haber escrito su propia biografía con el fin de ayudar a otros, le permiten ver que hay luz ‘detrás del eclipse’. Así se titula su libro, el cual realizó con ayuda de Alfonso, su psicólogo, recuperándose poco a poco de la enfermedad y volcando sus miedos en la escritura. Ella recuerda que todas las mañanas, después de escribir, se levantaba, hacía punto de cruz y retomaba de nuevo su relato. "Cuando me quedaba sin esperanza, Alfonso siempre me decía que yo estaba "eclipsada", que era como si no viera que había luz detrás del eclipse, pero que había cosas nuevas por descubrir y por conocer, que yo tenía todas las capacidades. Ahora sé que siempre hay una puerta abierta detrás del vivo y, de hecho, en la parte trasera de mi libro hablo de ello y me desnudo tímidamente con la ilusión de que el esfuerzo volcado en este proyecto y las experiencias vividas sirvan a muchas personas a darse cuenta de que vale la pena saborear las pequeñas cosas del día a día. Yo lo estoy haciendo", cuenta con una sonrisa.

Ahora Ainhoa vive sola en un piso, pero muy cerca de sus padres. Padece una lesión medular desde hace nueve años, y aunque en casa se maneja con una silla de ruedas, puede salir a la calle y andar con una muleta si son trayectos cortos. Tiene la incapacidad absoluta y cobra una pensión "no muy alta, porque no tenía muchos años cotizados", pero suficiente para llevar su propia vida.

“Mientras hablamos estoy en casa, he invitado a unos amigos a comer y estoy haciendo pollo asado. Vivo sola, pero estoy mucho en casa de mis padres, que viven a 15 minutos. Ellos no han tirado nunca la toalla. Son las únicas personas que han estado ahí siempre", dice agradecida.

En la imagen, Ainhoa Iraeta (derecha), acompañada por sus padres y su hermana.

Uno de los momentos más duros que recuerda fue su estancia en el Hospital Nacional de Parepléjicos de Toledo, tras sufrir una lesión medular que sufrió cuando cayó por la ventana de su vivienda. "Había pasado toda la noche bebiendo alcohol y de marcha, y ese año yo bebía cervezas casi todos los días. Vivía en otro piso, en otro barrio. Vine a casa a prepararme ropa para ir a casa de mi madre, nos sentamos en la cocina y ya no me acuerdo… Me debí de levantar y me tiré sin pensar ni mirar atrás. Estuve siete meses que apenas me movía. No sabía que iba a llegar a andar. Me acuerdo de que tenía dos compañeras, una era tetrapléjica y otra tenía una lesión similar a la mía. Mis padres se alquilaron una casa en Toledo para poder venir por las mañanas y todas las tardes nos quedábamos ahí", recuerda.

Protagonista de un documental

Ahora Ainhoa tiene nuevos proyectos que le ayudan a vivir con la enfermedad. Además de su libro, ha sido elegida para protagonizar un documental que van a llevar a cabo dos cineastas navarros para abordar el tema del suicidio. "Se llama cinco noches de verano, porque cuenta el testimonio de cinco personas –afectados y familiares– a los que nos grabaron de noche en el monte, cada uno en un sitio distinto", explica Ainhoa.

Por otra parte, contar sus vivencias en un libro, aconsejada por el psicólogo de la asociación, ha sido para ella algo "increíble". Por primera vez en mucho tiempo confiesa que se vio capaz. "Uno de los objetivos del libro era empezar algo y acabarlo, cosa que no hacía desde hace muchos años atrás", reconoce.

Con la recuperación de su enfermedad se muestra más cauta. Ainhoa cree que es "difícil" o "casi imposible" llegar a curarse. "Tienes que aprender a vivir con ello, por dos razones: la mental una de ellas. A mí el físico ya me importa bastante poco, aunque mi estómago no está acostumbrado a hacer la digestión y tengo que comer poquito y muchas veces al día. Habrá chicas que habrán aprendido, pero en mi caso he perdido tanto… menos a mis padres, lo he perdido todo. El interés por las cosas y el interés por la vida. Tengo que vivir y sobrevivo. Ayuda, sí; pero no pensando en que te vas a recuperar, sino en que los momentos que estás pasando malos te van a ayudar a calmar y a resolver problemas futuros", afirma.

Más mujeres que hombres

En los últimos años, el número de llamadas atendidas por el Teléfono de la Esperanza en Aragón ha ascendido de forma significativa; no así el número de aquellas que presentan contenido suicida. Según los datos facilitados por Alberto Hernández, presidente de esta entidad en la Comunidad, en 2017 se atendieron 5.771 llamadas, frente a las 3.009 recibidas el año anterior. El 0,95% de las llamadas recibidas en el último año fueron de contenido suicida.

"En base a estos datos podemos afirmar que desde nuestra sede se está llevando a cabo una acción preventiva que está llegando cada vez a más personas. Al final de 2018, podríamos alcanzar las 7.000 llamadas atendidas en el Teléfono de la Esperanza de Aragón", detalla Hernández, quien explica que, por sexos, el 60% de las personas que hacen uso de este recurso suelen ser mujeres y un 40% hombres.

La crisis económica también tuvo su influencia en los registros de los que dispone la entidad. Así, en 2009, se llegaron a atender más de 9.000 llamadas. Por el contrario, Hernández señala que el repunte que "estamos teniendo estos dos últimos años podría tener más relación con llamantes que se encuentran atravesando crisis existenciales y situaciones de soledad e incomunicación y necesitan una voz amiga que les escuche y oriente".

Así describe Ainhoa a Alfonso, el psicólogo de la entidad que fue ganándose su confianza poco a poco, después de que una amiga la animará a dar el paso. "Yo no tenía ninguna gana pero él, al escucharme, me dijo que tenía interés en trabajar conmigo. Estuve dos años con él, y en ese tiempo hice un curso de conocimiento y crecimiento personal. Era ir tres días a un pueblo de Navarra donde era todo muy intensivo. La verdad es que no tengo palabras para contar lo que viví, lo que sentí y lo que aprendí allí. Después hice algún otro curso de autoestima y a la vez acudía a mi ambulatorio con la psiquiatra, la psicóloga y la enfermera que me llevaban", relata.

Ahora que está mejor, Ainhoa mantiene el contacto con Alfonso, pero ya no necesita este recurso. Sigue acudiendo, sin embargo, al centro de salud, donde ha aprendido a disfrutar de la compañía y las charlas con el personal sanitario que la atendió de niña. "Hoy he tenido psicóloga. Normalmente intentan que esté una semana con cada uno y hablamos mucho sobre todo. Yo cuento, pero también escucho lo que me dicen. Compartimos historias, que es algo muy bonito", recalca.

 

*Para ayudar a las personas que atraviesan situaciones de este tipo y mejorar su salud emocional existen servicios sanitarios, de urgencias y recursos comunitarios. El Teléfono de la Esperanza es uno de ellos (976 232 828 - 717 003 717), y por medio de su última campaña, con motivo del Día Mundial para la prevención del suicidio, quiere hacer hincapié en la importancia de "estar disponibles para acompañar a otras personas en su sufrimiento, evitando que sus palabras se queden encerradas en su corazón hasta que se rompa".





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