Todos mienten (menos yo)

Se difunde con frecuencia la idea de que la educación debe enseñar a los alumnos a dudar de todo. Pero sería mejor que nos esforzáramos en alimentar en ellos la confianza en las posibilidades del ser humano para alcanzar la verdad y la justicia.

La educación no puede estar hecha solo de preguntas.

Uno de los mantras habituales de la ‘doxa’ pedagógica actual es que para formar bien a nuestros alumnos sobre todo hay que enseñarles a dudar. Y uno de los ejemplos de esa opinión es la popularización ‘ad nauseam’ de la frase de Ortega y Gasset que decía que "siempre que enseñes algo, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas". Se sabe del gusto de Ortega por los juegos de palabras y las sentencias contundentes, pero no siempre una frase redonda encuadra bien una idea; y en este caso, si lo tomamos en serio, quizás deberíamos concluir que estaba equivocado.

"Enseñar a dudar de lo que enseñas". ¿Qué significa?, ¿desconfiar siempre de todo? Imaginen que el educador -padre, madre o maestro- dijera a su educando: "Puedes confiar en mí… pero no estés tan seguro". Sí, ya sé. Se me dirá que no se trata de eso, sino de no reducir el aprendizaje al argumento de autoridad (como aconsejaba Montaigne). Pero eso tampoco significa que el ejemplo o la experiencia de los demás no deba ser considerado como un argumento más, entre otros. Como sugería Christopher Derrick, los tontos son los que únicamente aprenden de la propia experiencia; los inteligentes, además de la propia, aprenden de la ajena y de la experiencia colectiva de la especie.

Una cosa es hacer conscientes las limitaciones del conocimiento, la falibilidad de la naturaleza humana y las imperfecciones de nuestras instituciones; y otra muy distinta es negar las posibilidades (limitadas, lo sabemos) de la ciencia, la virtud o la técnica. Pero el problema es que en ocasiones acabamos confundiendo lo uno y lo otro, reduciendo la confianza a mera credulidad e identificando inteligencia con escepticismo, como si enseñar a dudar consistiera simplemente en poner todo en cuestión, en ‘hacer’ dudar de todo y todos. Precisamente porque nuestro conocimiento es limitado, nuestra naturaleza débil y vulnerable, y nuestras creaciones fugaces e imperfectas, es por lo que necesitamos confiar en otros.

No está claro si el origen del pensamiento es la duda o el asombro. O si son la misma cosa (¿deberíamos decir que cabe dudar de ello?). Kierkegaard, que reflexionó con ironía -esto es, con profundidad- sobre la idea de que para filosofar "hay que dudar de todo", ya decía que para poder hacerlo -dudar de todo- habría que saberlo todo. Y recordaba que el objetivo de la filosofía es la verdad, no la duda. Dudamos porque buscamos la verdad y la justicia y no por un mero ejercicio de sospecha dialéctica. Por eso la auténtica duda no elimina la confianza, sino que la presupone. Sin embargo, en ocasiones, en lugar de fomentar la humildad y la confianza necesarias, corremos el riesgo de reducir esa búsqueda a un ejercicio superficial de escepticismo, y ‘enseñar a dudar’ puede acabar convertido en simple cinismo o tiranía intelectual, como quien espera que le creamos cuando nos dice que todos mienten… menos él.

Por eso, como insistiera Derrick, una educación liberadora debe ser de alguna manera, y paradójicamente, dogmática, lo que en modo alguno quiere decir autoritaria. No puede estar hecha solo de preguntas, sino también de respuestas, aunque sean provisionales, limitadas o incompletas. De hecho, nuestras preguntas son también una forma de responder a nuestros alumnos. De ahí que puestos a buscar frases brillantes, más que el refinamiento de Ortega es el humor de Chesterton el que podría sacarnos de este berenjenal: "El hombre puede ser un escéptico sistemático, pero entonces no puede ser otra cosa; y ciertamente tampoco un defensor del escepticismo sistemático".

Puede que este planteamiento no resulte tan ‘moderno’ como otros, pero quizás el reto de la educación, en el momento actual, pasa por él. Se ha dicho con razón que la crisis de nuestro sistema educativo es una crisis de confianza: tanto en la autoridad del maestro como en la cultura que transmite. De ahí que, más que provocar simplemente la perplejidad de nuestros alumnos, la escuela y la familia deberíamos esforzarnos en alimentar la confianza necesaria en las posibilidades del ser humano, de la cultura y de las instituciones, para aproximarnos, aunque sea tentativamente, a la verdad y la justicia.

Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza

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