Obsolescencia artística: el arte del siglo XX se hace pedazos

El plástico y los materiales sintéticos con los que fueron fabricadas muchas piezas del arte contemporáneo 'caducan'. Un gran problema para los conservadores de los museos.

'False Food Selection', obra de Claes Oldenburg (hacia 1966)

¿Cómo es posible que obras como la Piedad de Miguel Ángel se conserven durante siglos y otras piezas de arte contemporáneo se caigan a pedazos con unas cuantas de existencia? Muy sencillo: por culpa del material con el que se trabaja en el siglo XX, que es obsolescente. Según nos cuenta Aberrón en Fogonazos, el problema se empezó a atisbar en la década de 1960 cuando toda una serie de esculturas del artista ruso Naum Gabo fabricadas en nitrato de celulosa se vinieron abajo. El artista acusó entonces al Museo de Arte de Philadelphia de haber descuidado la obra y realizó una réplica en polimetilmetacrilato (plexiglas) que entregó a la Tate Gallery en 1977. Irónicamente, unos años después su famoso 'Construcción en el Espacio: dos conos' también se deterioró hasta hacerse añicos.

El plástico y los materiales sintéticos con los que fueron fabricadas muchas piezas del arte contemporáneo alcanza muy rápido su ‘fecha de caducidad’ y los conservadores se encuentran con esculturas e instalaciones que cambian de color, amarillean, se vuelven pegajosas o directamente se derriten. Uno de los ejemplos más recientes de esta obsolescencia de los materiales modernos se lo han encontrado los conservadores del Museo Nacional del Aire y el Espacio, en Washington, con el traje espacial del astronauta Neil Armstrong, cuya estructura interna -compuesta de 21 capas de nylon, teflon y neopreno- se está descomponiendo.

No todo está perdido. Resulta que, mientras museos de todo el mundo luchan contra esta degradación, investigadores gallegos trabajan en un método para frenar el deterioro. En el marco del proceso Nanorestart -que consiste en usar nanotecnología para la conservación del arte contemporáneo-, Massimo Lazzari y su equipo de la Universidad de Santiago de Compostela de han desarrollado dos aportaciones: un kit de diagnóstico precoz que sirve para saber si la obra de arte ya presenta primeros síntomas de envejecimiento y ya se está empezando a degradar, y una ‘crema antiedad’, que retrasa este deterioro e impide la oxidación del plástico.

Por cierto que, tal y como nos cuenta Aberrón, se da la paradoja de que los mismos plásticos que amenazan la salud del planeta porque tardan siglos en desaparecer, cambian de forma en pocos años y arruinan aquello que contribuyeron a construir. “La industria intenta fabricar plásticos que aguanten, pero también necesita que sean biodegradables”, concluye Lazzari. “Son dos necesidades diferentes y la industria debería dar una solución a los dos problemas”.

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