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La civilización / 4

Diario de Suiza y de la Alta Saboya: Chamonix y Mont Blanc

Cuatra entrega del recorrido por Suiza y la Alta Saboya del escritor Ricardo Lladosa.

Ricardo Lladosa Actualizada 02/08/2018 a las 16:05
Paisaje.Ricardo Lladosa.


12 de julio de 2018

-Papá, papá… Laura me ha pedido que la despiertes pronto porque va muy retrasada con el diario… -mi hija Marina, de cinco años, me susurra en la oreja. Son las siete y media de la mañana y yo también escribo mi diario en la mesa de la cocina del apartamento de Annemasse. Justo antes de que llegara la niña estaba escribiendo lo que sigue:

“La relación de los suizos con los coches es ambivalente. Por un lado, exhiben con placer sus volvos, sus jaguar, sus maseratis -incluso nos topamos con un rolls royce-. Por otro lado, da la impresión de que desearan desterrarlos de las calles. La escasez de aparcamiento en superficie unida al alto precio de los subterráneos, transmite la impresión de que las autoridades quisieran la desaparición de los vehículos.

Todo lo envuelve una sensación de lentitud, como si nadie quisiera estresarse. Cuando a un suizo le metes prisa se equivoca, se confunde y hace las cosas mal. Así sucede en los bares, cuando decides de pronto cambiar algo del menú, o en las taquillas de los lugares turísticos, cuando sondeas posibles descuentos. El tipo tras la ventanilla pone cara de no entender, pulsa un botón e imprime el ticket incorrecto, pero, al cabo, hace la vista gorda y lo deja como está: "Es preferible la perfección falsa a la prolija solución del error. Todo es importante y, al mismo tiempo, nada parece importar si hacerlo perturba la paz interior…”

Esto estaba escribiendo, pero al llegar Marina he perdido el hilo del relato y decido centrarme en el día anterior, en nuestra visita al municipio de Chamonix – Mont Blanc en la Alta Saboya.

Cumbre del Mont Blanc, 4.810 metros de altitud. Ricardo Lladosa.

 

En realidad, Chamonix – Mont Blanc es una estación de esquí, una de las cunas del turismo vinculado a este deporte. Hace ya más de un siglo que se inauguraron los primeros ferrocarriles que ascendían las laderas alpinas para contemplar el 'Mer de glace', uno de los glaciares más famosos de Europa. Hoy día el municipio está surcado por trenecitos, teleféricos, telecabinas… todos ellos operativos para contemplar las cumbres de los Alpes y, en particular, el Mont Blanc, el pico más alto de Europa occidental con 4.810 metros de altitud.

Cogemos una telecabina que asciende la falda del monte entre pistas de esquí, que en invierno están recubiertas de nieve, frente al macizo del Mont Blanc. Nos tomamos un bocadillo en la sala de picnic, un habitáculo de madera vacío que imagino a rebosar de gente durante la temporada invernal. Miro por la ventana y trato de recitar a la familia los primeros versos del poema “Mont Blanc”, de Percy B. Shelley: “La eternidad, que fluye cual la savia en las rosas, / pasa a través del alma y arrastra el oleaje / del universo en ondas tristes o luminosas, / que copian la nostalgia de su eterno viaje; / y van hasta la fuente secreta donde brota / el pensamiento humano, sonoro de delicia, / ¡oh manantial sin dueño que apenas una gota / desborda dulcemente si el aire lo acaricia”.

Lo releeré a mi vuelta –pienso-, mientras Marta ya persigue a los niños, que escapan de la sala de picnic deseosos de escalar los pequeños riscos y pedregales de la falda del monte, motivo por el cual me encuentro recitando a Shelley solo, entre tetra briks vacíos, migas de pan y papel de aluminio.

Los niños lo pasan en grande, saltan entre las piedras cual cabras montesas, se adentran en los neveros para hacer batallas de nieve vestidos con camisetas de manga corta. Es verano, pero disfrutan de las nieves perpetuas de los Alpes. Marta y yo hacemos decenas de fotos, filmamos vídeos mientras avezados excursionistas pasan a nuestro lado cargados con mochilas y tiendas de campaña para pernoctar en las cumbres.

En Chamonix predominan los edificios decimonónicos de los tiempos en que se fundó la estación invernal, esos tiempos que se reproducen por doquier en las postales de época que venden en las tiendas de souvenirs, junto a otras de ropa para alpinistas o charcuterías repletan de quesos caros. Contrasta el consumismo y el bullicio del pueblo con el silencio extremo de las montañas: lo temporal, lo apegado al tiempo, frente a la eternidad de que hablaba Shelley en su poema.

Observo una exposición callejera sobre alpinistas célebres, desde el primero que hizo cumbre en el Mont Blanc, allá por el siglo XVIII, hasta nuestros días. Todos ellos tienen fecha de nacimiento y casi todos de defunción. Uno murió en el Makalu, a los treinta y cinco años; otro murió en el Everest, a los cuarenta; aquella otra en el Aconcagua, a los treinta y siete… Las fotos son en su mayoría de hombres, pero también hay algunas mujeres, todos ellos con la piel atezada hasta la negritud, víctimas del reflejo solar sobre la nieve.

Hace tiempo leí un magnífico libro editado por Prames bajo el título: 'K-2, la montaña sin retorno', y me llamó mucho la atención que la expedición aragonesa que subió a la cumbre del Himalaya se encontraba cada poco tiempo con cadáveres de alpinistas congelados que llevaban allí décadas. No habían podido ser recuperados debido a la dificultad extrema del rescate, y yacían allí, eternamente congelados, desde los años noventa, desde los años cincuenta, desde principios de siglo… Allí están sus cadáveres, en eterna juventud inerte.

No puedo evitar plantearme de qué sirve el alpinismo de élite, ¿será una forma de narcisismo el escalar hasta las cumbres? ¿De qué sirve, para qué exponen sus vidas a la nada, al vacío? Practicar alpinismo de élite es como hacer el amor con la muerte, como fornicar con la eternidad. Es un acto de lujuria sin sentido posible.

Todas estas frases las escribo mientras Laura, mi hija mayor, apura las páginas de su diario pegando pequeñas fotos, tickets de entradas a monumentos. Su diario, al igual que el mío, está en marcha.

 

 





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