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La rotonda

Un paseo por el Prado

El pasado lunes, los Reyes inauguraron los actos del bicentenario, que se cumplirá el próximo año, del Museo del Prado, un auténtico pilar de la identidad española. Nuestros diputados deberían visitar estos días la sala de las pinturas negras de Goya.

Actualizada 28/01/2019 a las 13:35
Fachada del Museo del Prado.Javier Pardos / HERALDO


Cuando desde lejos se piensa en el Prado, este no se presenta nunca como un museo sino como una especie de patria", escribía en 1953 Ramón Gayá desde el exilio. Hoy, cuando desde cerca pensamos en el Museo, sigue vigente presentarlo como una patria, un lugar al que te sientes especialmente vinculado, y admirar cómo la luz del arte ilumina nuestro entorno y emerge sobre una historia plagada de sombras y sufrimientos.

Porque el Prado ilumina. La celebración de sus dos siglos de historia es una nueva ocasión para comprobarlo. El propio museo reivindica precisamente en ‘Museo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria’, la exposición de aniversario abierta este lunes por los Reyes, su "capacidad probada para generar pensamiento sobre nosotros mismos, como individuos y como parte de una colectividad".

Fue el 19 de noviembre de 1819 cuando Fernando VII, pese a ser uno de los peores monarcas de la historia de España, convertía las colecciones reales en el Museo del Prado. Si Francia tenía desde 1793 el Louvre e Inglaterra, desde 1795, el British Museum, España abría el Museo del Prado con 311 cuadros de artistas españoles para "propagar el buen gusto en materia de bellas artes», al tiempo que se «hermoseaba la capital del reino y contribuía al lustre y esplendor de la nación".

Iniciaba una historia de éxito, pronto enriquecida con patrimonio de la desamortización, nuevas aportaciones de las colecciones reales, donaciones y compras, y con su paso de museo#real a nacional. Se convertía así en escenario público de la gran pintura española y de otros grandes maestros, imán para los viajeros del XIX y meca de artistas modernos, como Manet, Renoir, Courbet o Picasso. Hoy atesora más de 35.000 obras, con el llamado ‘Prado disperso’: 3.244 piezas, en 255 instituciones de toda España.

La visita a la exposición conmemorativa lleva la historia contemporánea de España en el devenir de la pinacoteca. La inestabilidad del siglo XIX, pero también el despertar al aprecio de nuestro patrimonio. El drama de la Guerra Civil, vivido con especial gravedad en el Prado: si en las vísperas había sido fecunda inspiración de las misiones pedagógicas que llevaban el arte y la cultura a los confines de España, en plena contienda hubo que preservarlo de los bombardeos. Y el hoy del Museo: gestionado con gran profesionalidad, es el gran depositario de la memoria pictórica nacional, que potencia con gran acierto en múltiples formatos y exposiciones. Con todo, la mejor exposición es el propio museo, en el que cada uno puede construirse su itinerario y constatar esa su capacidad para iluminar y generar pensamiento.

Desde el punto de vista estético, resulta singularmente atractivo seguir la pista de los cuadros de cuadros. Pequeñas grandes joyas que encierran intensas vidas dentro de cada escena. O el magnetismo de los Bruegel. También, la sala del Bosco, llena siempre de visitantes hipnotizados por su portentosa y profunda imaginación, que se agolpan ante ‘El jardín de las delicias’. De los principales, como quiera que Velázquez fue el gran artista inicial del Prado, ahí están sus grandes piezas, que tanto han ‘meninizado’ la historia de la pintura contemporánea.

Pero hoy, tras una huella discreta en los inicios, el pintor con más presencia es Goya: 130 cuadros, medio millar de dibujos y sus grabados. Con una obra además muy inspiradora. Allí están sus grandes lienzos como pintor de reyes, pero también, ‘Los fusilamientos del 3 de mayo’, que te llevan después a visitar el ‘Fusilamiento de Torrijos’, de Gisbert, y a constatar, cuadros mediante, lo cara que ha salido siempre la libertad en España.

De vuelta a Goya, y tras atender la llamada a la reflexión que nos lanza Jovellanos, dan ganas de invitar a sus señorías, que tan cerca moran, a que pasen un rato en la sala de las pinturas negras: ‘El aquelarre’, ‘El santo oficio’, ‘Las parcas’, ‘Duelo a garrotazos’ y ‘Saturno devorando a su hijo’, una al lado de la otra, en una secuencia impresionante. Al fondo, en medio de todas ellas, ese intenso ‘Perro semihundido’, que somos todos los españoles.





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