Un traguito de ratafía

Quim Torra y Pedro Sánchez se sitúan en primera línea de la actualidad política en un contexto de incertidumbre.

Sánchez y Torra.
Carlos Rivaherrera

La grandeza o la miseria de la política, un haz y un envés difícilmente apreciable, sentencia que hace unos pocos meses Quim Torra era un perfecto desconocido y Pedro Sánchez gobernaba la oposición sin un asiento en el Congreso y viendo sin aparente solución ni posibilidad de rectificación cómo el PSOE perdía posiciones en las encuestas. Ninguno de los dos parecía llamado por la historia a ocupar un papel preponderante, con la energía suficiente como para solventar una de las mayores crisis institucionales que se recuerdan. Pero la vida, tan caprichosa como inesperada, quiso entrelazar sus destinos para situarlos en primera línea. Nada o poco se puede objetar ante la fuerza de los hechos, aunque seguro que un traguito de ratafía –un licor con el que Torra obsequió a Sánchez y con el que se brinda para cerrar un acuerdo verbal– ayuda a sobrellevar una incertidumbre que se muestra cómodamente instalada en el devenir nacional.

La escenografía de Torra y la firmeza de Sánchez frente al discurso secesionista de la Generalitat se daban por descontados –lo uno y lo otro entraban en el guión–, aunque la buena noticia, al margen del deshielo en forma de amable paseo por los jardines de Moncloa, se centró en la recuperación de la comisión bilateral Estado-Generalitat. La aceptación de este foro, que no se reúne desde julio de 2011 y que queda recogido en el Estatuto catalán, fija explícitamente un enganche constitucional y sitúa a la Generalitat bajo un mismo canal de interlocución al que ostenta, por ejemplo, Aragón. Además, ayer se acordó la recuperación de un diálogo, más o menos ordenado, en materia de infraestructuras, transferencias y asuntos económicos.

Tras este primer apretón de manos queda por descubrir la letra pequeña. Buscadamente ilegible, enmascarada en lo diminuto, pero determinante y fundamental para el resto de las autonomías, conviene saber si la negativa de Pedro Sánchez a revisar el modelo de financiación autonómica afecta también a Cataluña o si, por el contrario, los muchos apoyos de la moción de censura actúan como percutor de un acuerdo dinerario que tendrá un único destinatario.

Una cierta distensión protagonizada por el PSOE resultaba obligada para desmarcarse del PP, al igual que un cambio de estrategia entre las filas independentistas, porque el hartazgo y la división, con un Puigdemont convertido en un incordio, comienzan a causar mella.

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