Cuentos de infierno

Los delirios de Hitler siguen resonando en la actualidad.

Acto del Partido Nacionalsocialista alemán en Zaragoza durante la Guerra Civil española.
Archivo HERALDO

Allá por 1924, en abril, un tipo asaz siniestro oyó que la puerta de la prisión de Landsberg se cerraba a sus espaldas. Entre sus muros, a lo largo de meses, soñaría una historia que comenzaba con la fabulación de una nación, para lo que era preciso la creencia de un enemigo que fortalecería sus venas: ante la ruina de su país le dio por delirar que eran los judíos el enemigo y entonces «nació el odio inextinguible que profeso a los culpables de nuestra desgracia».

Como las noches carcelarias son largas, le dio por garabatear en su cuaderno de aprendiz de pintor y por diseñar las importantes lecciones que convenía trasladar a su pueblo. La primera consistiría en la revisión de la historia: "Hay que estudiar muchas reformas, especialmente en los métodos de enseñar la historia". Ya se hará, pensaba orgulloso el antiguo soldado. Y, desde luego, "debe vedarse la publicación de periódicos cuyos propósitos no contemplan el bienestar nacional". Se le inflamaba el corazón, ardía de fervor guerrero. "Hay que impedir toda inmigración…".

La obra, que se editó junto a varios anexos años más tarde, causó furor. También odio y muerte. La nación no se lo esperaba. Los enemigos tampoco. Pero los portalones de Landsberg se habían abierto y, como nadie ha sido capaz de cerrarlos todavía, renace de vez en cuando el tipo dispuesto a reescribir otro cuento de infierno. La verdad es que no sé si estoy pensando en Trump, Bolsonaro… o quién sabe.

J. L. Rodríguez García es catedrático de Filosofía de la Universidad de Zaragoza

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