OPINION

Trabajar en agosto (II)

por
  • Luis H. Menéndez
Sería preferible disfrutar de modo escalonado de las vacaciones.
Krisis'18

El 14 de agosto de 2006 publiqué en esta misma sección un artículo titulado ‘Trabajar en agosto’ en el que reseñaba la importante actividad económica que se desarrollaba entonces en Zaragoza pese a tratarse de un mes de tradicional parón en las empresas. Las obras vinculadas a la Expo Internacional que se celebraría en 2008 y la inusual producción en esas fechas de la planta de Opel en Figueruelas -que habitualmente para en agosto-, por el cambio de modelo Corsa, habían contribuido a ver una ciudad con mucho movimiento. Lo de ‘cerrado por vacaciones’ era minoritario, quizás algo limitado a pequeños comercios o bares casi unipersonales, y la economía iba aparentemente tan bien que resultaba lógico ver tanta actividad en plena canícula. ¿Estaríamos cambiando de costumbres? ¿Nos habríamos dado cuenta de que acaso era mejor que los trabajadores, directivos incluidos, disfrutaran de modo escalonado de sus vacaciones y así la parálisis sería apenas perceptible?

Doce años después constatamos que lo vivido en agosto de 2006 fue una excepción, como lo fue evidentemente el verano de 2008 con la celebración de la Expo. Hoy, en los días cercanos a la fiesta de la Virgen, que este año cae en miércoles, la parálisis es generalizada. Empresas e instituciones funcionan al ralentí cuando no están directamente cerradas. Uno puede localizar al director general o al gerente porque se llevan el teléfono móvil de vacaciones (!), pero difícilmente pueden ser de gran ayuda si están recién salidos del mar, subiendo un monte, visitando un museo o son interrumpidos en plena siesta. En el tajo, quien se ha quedado ‘cuidando el chiringuito’, como se suele decir, puede no tener autorización para tomar una decisión importante o incluso para hablar en nombre de su jefe. Algunos problemas o cuestiones que pueden ser urgentes se quedan sin tratar o sin resolver hasta septiembre, mes en el que la acumulación de tareas llega a veces a resultar excesiva.

El caso de Opel, matizo, tiene una clara explicación. La fábrica de Figueruelas debe parar en verano -tres semanas es lo habitual- porque las reformas en las instalaciones vinculadas a los calendarios de sus modelos se realizan mejor cuando no se ensamblan vehículos en las líneas y porque viene bien detener la producción para ajustarla mejor a la demanda del mercado. En el citado 2006 la factoría, que aún pertenecía a General Motors, paró tres semanas, en julio, y este año -que forma parte de PSA- lo hace el mismo tiempo, pero en agosto. Es decir, a su ritmo habitual, sin que el cambio de propietario haya cambiado en este caso las rutinas.

Otra cosa es lo que ocurre en empresas a las que no debería venir bien parar -«time is money», recuerdan los anglosajones-, más aún cuando han de ser conscientes de que para las que venden o interactúan en mercados internacionales globalizados, como hay tantas en nuestro entorno, dejar de trabajar puede significar perder competitividad. En países como Japón, Estados Unidos, Tailandia o Colombia, por citarlos de varios continentes, nuestras empresas no podrán decir que es agosto para no enviar un pedido o prestar un servicio.

Lo institucional seguramente influye mucho en el resto de ámbitos. Si apenas hay actividad política, si los juzgados están paralizados y en otras muchas instancias nos dicen en agosto que para cualquier trámite es mejor volver en septiembre, resulta lógico que también venga mejor que una mayoría de los ciudadanos estén igualmente de vacaciones en agosto. Eso supone, en España, que el ‘overbooking’ sea la tónica generalizada a lo largo de todo el mes en la costa, en la montaña e incluso en muchos pueblos a los que antes solo iban los que habían salido de ellos para vivir en la ciudad.

Parar y descansar todos a la vez no es bueno por mucho motivos. Pero cambiar esta realidad es muy difícil. En España, agosto siempre será el mes más inhábil del año. Quizás solo podamos aspirar a que lo sea menos.

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