Fútbol de otra dimensión

Por cuestión de categoría, Real Zaragoza y Albacete disputaron este sábado un encuentro de Segunda; pero su fútbol estuvo francamente por encima. Fue de Primera.

Alberto Guitián saca un balón de cabeza que buscaba como destino a Zozulia.
Oliver Duch

Quizá alguien se frotara este sábado los ojos repetidas veces en el estadio de La Romareda para aclarar la vista, para volver a mirar con mayor nitidez el fútbol, por si por alguna extraña razón estuviera cayendo en el engaño de los sentidos o, directamente, en un espejismo. Pero no. Era cierto. Fue cierto. Real Zaragoza y Albacete se movieron en otra dimensión, a la que, desde luego, no estamos acostumbrados. Durante muchas fases del encuentro, ambos equipos cogieron el choque de alguna manera en sus manos y lo elevaron a otra dimensión superior, sin duda más propia de la Primera que de la categoría que reza su actual ubicación en el fútbol de nuestro país. Si careciéramos de memoria y pudiéramos prescindir del contexto, nada hubiera dicho al espectador que estábamos ante un careo de fútbol metido en un pozo o, dicho de modo menos gráfico, en la división de plata. Con toda seguridad, se trata del mejor partido visto en La Romareda en el transcurso de la presente temporada. Para encontrar un paralelismo adecuado hay que buscar y rebuscar en el pasado. No es sencillo, en todo caso, hallar un ejemplo comparable, por más que llevemos metidos en este estado de cosas más de un lustro.

Por los precedentes con que se presentaban Real Zaragoza y Albacete a esta cita, se intuía que se podía presenciar uno de los enfrentamientos más atractivos y notables de la actual Segunda. El Real Zaragoza llegaba de crecida. El Albacte, en condición de líder. Sin embargo, vistos los hechos, las expectativas se quedaron verdaderamente cortas. Como el resultado. La igualada a cero en el marcador sólo encierra una verdad: refleja unas tablas, una igualdad. El resto engaña. El partido ofreció un sinfín de valores apreciables, tanto desde un punto de vista interno (para técnicos y futbolistas) como para el aficionado que acude a ver un espectáculo. Hubo fútbol vistoso (a veces bello), ritmo elevado, buen trato del balón, exigencia física, inteligencia táctica, talento a raudales, ocasiones claras, intervenciones magníficas de los guardametas y una voluntad decidida por ganar, cada uno con sus armas. Nadie se reservó nada. Nadie especuló. Nadie se refugió en las conveniencias que siempre puede significar un pacto de caballeros redactado sobre la marcha, después de un buen rato de pelea feroz y sin dueño claro. Cuando La Romareda despidió a los futbolistas entre aplausos al término de la tarde, no estaba mostrándose cortés con nadie ni utilizando una corrección impropia del fútbol, sino mostrando un justo reconocimiento a los protagonistas, a quienes al fin y al cabo habían dado cuerpo y forma a las disposiciones y órdenes dadas por Víctor Fernández, entrenador del Real Zaragoza, y Luis Miguel Ramis, entrenador del Albacete.

Como mariscales de campo ubicados en sus respectivas áreas técnicas, los dos estuvieron espléndidos en sus credos. Impidieron que el partido tuviera tiempos lánguidos o periodos de tregua. Se protegieron por obligación y atacaron por convicción. Todo lo que ocurrió se vivió con una extraordinaria intensidad, como si después no hubiera un más allá, más encuentros o más liga, más desgastes, en definitiva, que afrontar. Quemaron las naves, con las consecuencias que ello implicaba parada cada momento. Se notó que Víctor y Ramis se habían estudiado a conciencia, hasta abundar en los detalles de sus virtudes y debilidades, en sus idearios y querencias naturales.

De un encuentro de este elevado orden pueden escogerse diversos nombres propios, porque todos los futbolistas dieron fundamentos sobrados para glosas particulares. Pero, desde esta perspectiva, acaso sea hoy el día de mencionar a Carlos Nieto y Alberto Soro. Jóvenes, recién llegados al fútbol profesional y al primer equipo del Real Zaragoza, no sólo estuvieron a la altura de una circunstancias que implicaban peso acusado y responsabilidad alta, sino que aportaron más de lo que en un principio cabía esperar. Dieron un claro paso adelante, diciendo que ellos son futuro prometedor, valores seguros si se los lleva de un modo adecuado. Nieto estuvo seguro y solvente atrás y dio, a la vez, una fabulosa proyección al juego ofensivo por fuera, por su banda. Junto a Aguirre, firmó un encuentro sensacional para sus años. ¡Y qué decir de Alberto Soro! Desbordó por fuera y rompió por dentro cuando Víctor le encomendó esta misión. Es talento puro. Piensa rápido, supera líneas con facilidad y ve muy bien el fútbol en espacios cerrados. Da la impresión de que el Real Zaragoza tiene en sus botas un tesoro. Si entre el Albacete y el equipo aragonés hay dieciocho puntos de distancia en la clasificación, este sábado no existió tamaña diferencia.

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