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Juegos Olímpicos

México 68, testigos aragoneses de unos Juegos Olímpicos revolucionarios

Luis Garriga, Alberto Esteban, Lorenzo Alocén, Alfonso Martínez y Luis García Vergel vivieron hace 50 años una cita memorable.

A. Cortés / J. F. Eixarch 19/10/2018 a las 05:00
Luis García Vergel y Luis Garriga compitieron en México en tiro olímpico y atletismo (salto de altura)Guillermo Mestre


"La vida te colma de privilegios, y uno de ellos es México". Pasados 50 años, los recuerdos se mantienen muy vivos. Porque los Juegos Olímpicos de México no fueron una cita cualquiera. Aquel lejano 1968 se ha convertido en un lugar común repleto de nostalgia. Presente en Luis Garriga, Alberto Esteban, Lorenzo Alocén y Luis García Vergel, memoria viva e historia junto con Alfonso Martínez, fallecido en 2011. Los cinco aragoneses tuvieron el honor de formar parte de los más de 5.500 deportistas que vivieron una competición "novedosa y revolucionaria".

Los Juegos de México fueron los primeros en Latinoamérica, los primeros que se pudieron ver en televisión a color, los primeros con una Olimpiada cultural, los primeros con controles antidopaje y de sexo, los primeros con pictogramas para identificar a los deportes, los primeros en que una mujer (Enriqueta Basilio) llevaba la antorcha olímpica y encendía el pebetero... Considerados un antes y un después en la historia olímpica, México 68 también es recordado estos días, que celebra su redondo cumpleaños, por imágenes icónicas: como la de los atletas afroamericanos Tommie Smith (oro y récord del mundo de 200 con 19.83) y John Carlos (bronce), que subieron al podio con guantes negros y alzando uno de sus puños, mientras miraban al suelo cuando sonaba el himno estadounidense, en protesta por los derechos de los negros en su país. Los ecos del ‘Black Power’ aún retumban. Y también las gestas deportivas...

Luis Garriga y el salto de Fosbury

"El salto de Fosbury fue un acontecimiento indescriptible. Salió consagrado con una medalla de oro y el honor de haber cambiado para siempre la forma de entender y practicar el salto de altura", cuenta Luis Garriga. El borjano vivía en México sus segundos Juegos tras Tokio 64. Unos Juegos del cambio. Las competiciones de atletismo se habían disputado hasta la fecha sobre ceniza, y hace medio siglo hizo su debut estelar una pista que ofrecía asombrosas prestaciones. Especialmente a los hombres del concurso de altura. "Estábamos asistiendo al fin de nuestra técnica, pasábamos de la ceniza al tartán, donde el aprovechamiento de la carrera era mayor. Yo iniciaba la carrera apoyando la izquierda y batía con la misma pierna; eran 14,80 metros en ceniza, y en tartán pasé a 15,25", explica Garriga, que entonces tenía 23 años.

Dick Fosbury sorprendió a todo el mundo. Había cierto rumor que hablaba de un atleta estadounidense que practicaba un nuevo estilo. "La primera vez que vi el salto fue en una moviola en la Federación Española y me pareció un tanto extravagante. Entonces había diversidad de opiniones sobre si se iba a homologar, si competiría o no. Hasta ese momento, todos los atletas saltábamos hacia delante. Fue una revolución en toda regla. Era muy singular. Había un ruso, Valentin Gavrilov (fue bronce), que para mí representaba la ortodoxia del rodillo ventral, rozaba la perfección. Y ver a Fosbury, un hombre cordial, que se concentraba como dando unos hipitos, corría semicircular, saltaba de espaldas con una técnica impecable... Yo le gritaba ‘ándele gringo’... No éramos conscientes de lo que estábamos presenciando", relata Garriga, que entró a la final con un mejor salto de 2,12, que fue récord de España.

El 20 de octubre de 1968, domingo, los 83.700 espectadores que llenaban el estadio olímpico enloquecieron. A sus 21 años, Fosbury compitió "concentrado y seguro". Y sorprendió, más que por su medalla de oro con un salto de 2,24 metros, que sería nuevo récord olímpico –intentó el mundial con 2,29–, por su nuevo estilo con el que logró impresionar al mundo del atletismo. "Era muy amable, cordial, simpático con todos. Pudimos hablar. Le contaba que, al principio, saltaba en una era y caía sobre un colchón de paja que me dejaba mi tía Felisa. Se reía. Me imagino que le sonaría fatal. Nos hicimos un par de fotografías que para mí supusieron una gran satisfacción. El momento fue ese: aparece un saltador que sabes que va a pulverizar las bases de una disciplina. Algunos se reciclaron. Yo nunca hice el Fosbury Flop", afirma Garriga.

El ‘tirillas’ de Alberto Esteban

El de Borja compartía habitación en la Villa Olímpica con otro atleta de postín, el zaragozano Alberto Esteban. "Le llamábamos ‘tirillas’, era delgado pero tenía un coraje y un espíritu competitivo que emocionaban", piropea Garriga. El mediofondista –el último atleta español que ha tenido de forma simultánea los récords nacionales de 800 (1:47.4 Budapest, 9-9-1966) y 1.500 metros, ambos conseguidos en las viejas pistas de ceniza– se desplazó a México un mes antes de los Juegos para aclimatarse a la altitud: 2.250 metros. "Yo venía de hacer los récords de España de la milla y de 1.500. Lo hice con el tendón tocado, pero podía competir. Lejos de desilusionarme, comencé entrenando muy bien junto a mis compañeros. Rodaba a muy buen nivel junto a Mariano Haro. Pero cuando empecé las series con clavos, sentía muchas molestias. Me inyectaron Novocaína y cortisona en el tendón, pero la cosa no mejoró. Para colmo, el atletismo era el primer deporte en esos Juegos y tuve que renunciar a mi plaza", inicia su historia Esteban, que vive en Madrid y entonces tenía 25 años.

"Cuando ya me veía de vuelta a España, vino Juan Antonio Samaranch y me preguntó qué quería hacer: si irme o quedarme. Le dije que lo segundo, y me asignó junto a Anselmo López, el jefe del equipo español, para atender diversos compromisos públicos, como los actos con las casas regionales en México (asturianas, gallegas, andaluzas…), con empresarios o con periodistas. Ejercí de una especie de relaciones públicas y lo pasé muy bien. Estaba fastidiado por no competir, pero era muy joven y pensaba que podría participar en los siguientes Juegos, algo que no sucedió porque ya nada fue igual después de operarme del tendón", rememora.

Alberto Esteban y sus compañeros aragoneses descubrieron unos Juegos llenos de hitos: la primera vez que se bajó de los diez segundos en los 100 metros (Jim Hines) y de los 44 segundos en los 400 metros (Lee Evans 43.86 y Larry James 43.97); la irrupción de los atletas kenianos (triunfos de Kipchoge Keino en 1.500 metros; Naftali Temu en 10.000 y Amos Biwott en 3.000 obstáculos); el majestuoso vuelo de plusmarca mundial de Bob Beamon en la prueba de longitud, con suspense incluido, ya que el ‘telemetro’, que llegaba a los 8,50 metros, no pudo medir la distancia de su primer salto. Los jueces tuvieron que utilizar la cinta métrica para completar la medida, un proceso que se alargó media hora. Cuando apareció el registro del salto –8,90 metros, 55 centímetros por encima del récord anterior–, nadie daba crédito. "Como no competía, pude asistir a todas las pruebas y coincidir con legendarios campeones, como Tommie Smith o Bob Beamon. En definitiva, fui testimonio de un acontecimiento histórico", señala Esteban.

Canasta para Alocén y Martínez

Lorenzo Alocén echa la mirada atrás con nostalgia. "Eran mis primeras Olimpiadas y, a la vez, mi despedida como baloncestista. En aquella época, con 31 años ya ibas camino de la retirada, el mundo del deporte era muy distinto", revive el zaragozano, que reside en Barcelona. Tenía una espina clavada: "En Roma 60 estuve preseleccionado, pero el zaragozano Alfonso Martínez me pisó y me rompí el tobillo. Y a Tokio 64 tampoco fui porque nos eliminaron de rebote en el Preolímpico de Ginebra".

De hecho, fue a México casi de carambola. Estaba ya retirado de la selección y le llamó Raimundo Saporta para preguntarle si quería ir al Preolímpico. "Estaba casado y con cinco hijos, pero estar en unos Juegos era mi sueño definitivo y merecía ese sacrificio. Había participado en Campeonatos de Europa, en Mundiales… y me faltaba la guinda. Así que acepté el reto y me embarqué en la aventura", afirma. Tras una concentración en España, el combinado nacional, en el que también estaba presente Alfonso Martínez, viajó a Estados Unidos para enfrentarse a varias universidades americanas, y después a Puerto Rico, desde donde aterrizó en Monterrey (México) para disputar el Preolímpico. Allí, España, con dos aragoneses en su plantel, se ganó una plaza para los Juegos.

Alocén sigue con la narración: "La Villa Olímpica estaba en la interminable avenida Insurgentes. Era como una ciudad llena de edificios. Todo era muy moderno, con enormes comedores y restaurantes en los que servían gastronomía de todo el planeta: desde europea a asiática… El doctor de la selección, el también aragonés Jorge Guillén, y el seleccionador, Antonio Díaz Miguel, intentaban controlarnos el régimen alimenticio. Pero con mi amigo Moncho Monsalve íbamos a otros comedores ya que con la acreditación que llevábamos colgada nos servían lo que queríamos. Vivía en un piso maravilloso, muy cómodo, junto a Jesús Codina. Tal fue el impacto que tuvieron en mí los Juegos de México, que cuatro años después, ya retirado, fui a Múnich 72 como espectador junto a Jesús Codina".

España concluyó séptima, "un gran resultado". Por primera vez, el combinado nacional se enfrentó a Estados Unidos en unos Juegos. Ganó a Filipinas, Panamá, Puerto Rico y Senegal. "Tuvimos un refuerzo de lujo, el nacionalizado Clifford Luyk. Nos dio un salto de calidad tremendo. Imagínese, yo medía 1,95 y me batía con pívots de 2,12 o 2,15. Con Luyk las cosas eran más fáciles. Y tampoco hay que olvidar al zaragozano Alfonso Martínez que, con su calidad y con su magnífico tiro, no tenía problemas para brillar. Fue un grandísimo anotador, uno de los mejores", asegura Alocén. Alfonso Martínez, con sus apenas 194 centímetros, marcó una época en el baloncesto español. Un imprescindible en la selección. Intuitivo y anotador fácil, poderoso y magnífico, hizo escuela en Badalona, donde sentó cátedra. Lo ganó todo con Madrid, Barça y Joventut. Alcanzó la internacionalidad absoluta en 146 ocasiones, coronada en los Juegos de Roma 60 y México 68. Falleció el 17 de abril de 2011.

El tiro olímpico de García Vergel

A sus 84 años. Juan García Vergel hace gala de su buena puntería. "Aún acudo a torneos del Club de Tiro Zaragoza, donde soy socio de honor". Aunque en México sus disparos no fueran tan precisos como para dejarle contento. "Mi especialidad era pistola libre. Consistía en disparar 50 tiros, en series de cinco, a 50 metros de la diana, en tres horas. Pero el día de la competición no fui yo, no pude rendir al cien por cien: no sé si fue la altura, o porque no dormí bien el día anterior, o quizá estaba demasiado relajado, sin tensión... Pero no me salió bien", reconoce García Vergel, que llegó de Madrid a Zaragoza en 1958 destinado a la Academia General Militar y se quedó definitivamente. Tokio 64 supuso su debut olímpico –finalizó en el puesto duodécimo– y su impresionante palmarés –con más de 30 títulos nacionales, un oro en los Juegos del Mediterráneo 71, sus cinco oros europeos, el cuarto puesto mundialista, entre otros galardones– se engalanó con el bronce en el Preolímpico de México en 1967, que le dio el billete para sus segundos Juegos.

"Se dio la circunstancia de que antes de iniciar el torneo nos obligaron a firmar un documento como que no habíamos recibido obsequio alguno con valor superior a tres mil pesetas. Eran cosas de la época, de un deporte amateur y autodidacta, sin directores técnicos. En los Juegos terminé en el puesto treinta", trae a la memoria García Vergel, quien reconoce que se sintió "como en casa" en México. "Era una nación muy entrañable por su hospitalidad y por el idioma. Los españoles nos dejábamos ver en la Villa Olímpica. Luis siempre con su guitarra tocando "limón limonero" y jotas... Los Juegos de México fueron los de las sorpresas, únicos e irrepetibles. Y ahí estuvimos para contarlo", concluye.





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