El lado salvaje

Un intento de ir con la familia a disfrutar del ambiente del pregón de Fiestas.

Exposición de Isidro Ferrer en el Paraninfo.
Oliver Duch

No soy uno de esos padres que, de pura confianza en el espíritu humano, llevan a sus criaturas al graderío de un campo de fútbol, pero sí me atreví a ir con mi esposa y con mi hijo de seis años al centro de la ciudad, para gozar del ambiente previo al pregón de fiestas.

Y confieso que todo me parecía normal, hasta que el chiquillo se detuvo a observar con extrañeza a un joven de mirada perdida que iba sostenido casi en volandas, a duras penas, por dos personas tambaleantes. Este terceto era la retaguardia de una comitiva liderada por un individuo que, voceando con un megáfono, imponía la condición de maricón a todo aquel que no botara. Cuando el niño preguntó por semejante consigna, le respondí que hiciera el favor de ir más atento al suelo, un campo minado de vidrios rotos y desperdicios. Así que la inocencia y la curiosidad de mi hijo hicieron que el festivo paseo de la Independencia de Zaragoza me evocara los desfiles de humanidad patética y salvaje que describen algunas canciones de Bob Dylan y Lou Reed.

Firmemente cogidos de las manos, avanzamos contra la riada de gente que iba al pregón y llegamos a la escalinata del Paraninfo de la Universidad, dominada por las estatuas sedentes de cuatro ilustres científicos venerados por la ciudadanía. Entonces, mi mujer procedió a subir peldaños y nos condujo a la entrada. El edificio nos acogió con reparador sosiego. Después, en la exposición del ilustrador y diseñador Isidro Ferrer, nos sumergimos en una prodigiosa reflexión estética, tan lúcida como compasiva, sobre el paseo de la Desolación que ilusamente creíamos haber dejado afuera.

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