La cúpula Regina Martyrum obra cumbre de Francisco de Goya en el templo

Muchos de los santos que pintó Goya van vestidos con la indumentaria aragonesa de la época.

A pesar de que el Cabildo había propuesto que Francisco de Goya pintase dos de las cúpulas que hay junto a la Santa Capilla de la basílica del Pilar de Zaragoza, quedando las otras dos para Ramón Bayeu, el artista de Fuendetodos, finalmente, sólo pintó la que está junto a la capilla de San Joaquín, cuyo tema era la representación de María como reina de los mártires, esto es, en latín, Regina Martyrum.

La razón fue que la manera de dibujar de Goya, rápida, a grandes brochazos, sin marcar el dibujo, provocó considerables críticas tanto de las autoridades religiosas como de su propio maestro, Francisco Bayeu.

Los de Goya eran unos presupuestos artísticos innovadores y arriesgados que no casaban nada bien con el gusto clasicista y academicista dominante a finales del siglo XVIII. Así, el pintor aragonés sólo pudo hacer, y no sin numerosos disgustos, la Regina Martyrum.

Se trata, a decir de los expertos, de una de las obras cumbre de Francisco de Goya, con una composición muy compleja en la que se aprecian elementos del lenguaje rococó pasados e interpretados por su genial mano.

Muchos de los santos y santas pintados en el fresco están basados en modelos reales, que incluso van vestidos con la indumentaria aragonesa de la época. Todo un retrato costumbrista de la sociedad en la que se desarrolla la obra.


Una parte de los frescos que recubren la cúpula Regina Martyrum, de Francisco de Goya | Archivo Heraldo

Los frescos de la cúpula presentaban hace años un serio deterioro. Unos desprendimientos obligaron de nuevo a instalar andamios y a prolongar los ingentes trabajos de restauración.

Las frecuentes humedades amenazan con echar a perder las famosas pinturas. De hecho, tras numerosas restauraciones, quedan pocos trazos originales del maestro de Fuendetodos sobre la superficie de la cúpula.

Goya realizó la Regina Martyrum en 1780. Siete años antes, en 1772, el artista aragonés ya había pintado “La Adoración del Nombre de Dios”, en la bóveda del Coreto.

Es su otra gran obra de la basílica, aunque menos impactante que la amalgama de la Regina Martyrum. Por aquel entonces, el de Fuendetodos acababa de volver de Italia, donde se había formado aprendiendo de los grandes maestros.

La Adoración fue su primer gran encargo tras su regreso a España y, con ella, pretendía consagrarse en Zaragoza. En muchos sentidos, los frescos de esta bóveda son, por tanto, unos ejercicios de estilo en los que el aragonés quiso ‘lucir’ todo lo aprendido.

El resto de las cúpulas fue obra de los hermanos Bayeu, Ramón y Francisco. En el caso de Francisco, que era el de más renombre de los dos, se trató de una suerte de colofón a una larga carrera como pintor de cámara y académico en Madrid.

Estas cúpulas son su obra más barroca, aunque no la más personal, constreñido como se hallaba por las rígidas imposiciones academicistas de la curia zaragozana.

Cohorte aragonesa

De los pintores de menor rango que dejaron su huella en la basílica, el más destacado es Bernardino Montañés, que pintó, en el centro de la cúpula mayor, “La Coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad”, una gran obra en la que también intervinieron, ya bien entrado el siglo XIX, Marcelino de Unceta, Mariano Pescador, León Abadías y Francisco Lana, todos ellos, al igual que Montañés, aragoneses.

Se trata de una de las más importantes obras de la pintura aragonesa del XIX, especialmente porque logró reunir a una serie de nombres destacados del arte aragonés.

Montañés realizó también algunos óleos sobre tabla y policromó algunos retablos menores en algunas de las capillas. Precisamente el denominado ‘circuito’, que rodea el edificio por dentro y recorre todas y cada una de las capillas, también tiene un número nada desdeñable de pinturas, así como de esculturas, si bien de muy desigual valor y en ningún caso comparables a los frescos de las cúpulas antes descritos.

Retablos y lienzos dedicados a muy distintos santos se suceden a lo largo del paseo. La mayoría de estas obras son del siglo XIX y fueron realizadas por encargo de las familias ricas zaragozanas propietarias de las capillas. Entre los cuadros a destacar figura un Ecce Homo de Potenciano de Palermo.

El patrimonio pictórico de la basílica del Pilar se completa con la colección de bocetos y grabados en posesión del Cabildo Metropolitano, algunos de los cuales pueden contemplarse en el Museo Pilarista.

Entre los dibujos se cuentan, como piezas destacadas, los bocetos de Goya previos a la ejecución de la Regina Martyrum. 

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