Una historia con futuro

La cooperativa San Mateo Apóstol ya tiene un siglo. Y celebra su aniversario con la cooperativa Virgen del Rosario, con la que ha caminado durante los últimos 50 años.

La nueva fábrica de piensos, situada en Gurrea de Gállego, entró en funcionamiento en 2007.
A. A.

Esta es una historia que comenzó hace cien años. Tiene como escenario la localidad zaragozana de San Mateo de Gállego y la han escrito varias generaciones de agricultores y ganaderos que siempre entendieron que juntos se llega antes y más lejos. Es la historia de la cooperativa San Mateo Apóstol, que acaba de celebrar su centenario con un acto en el que se rindió homenaje a todos los socios que han hecho posible la resistencia, la adaptación y el crecimiento mostrado desde la entidad desde que iniciara su andadura.

El germen hay que buscarlo allá cuando el siglo XX comenzaba a dar sus primeros pasos y el cultivo de la remolacha ganaba terreno en España en general y en Aragón en particular. Era una producción más rentable y además los contratos con las azucareras garantizaban la venta de la cosecha y aseguraban el pago. Pero era un cultivo que exigía capital circulante (para financiar los necesarios abonados) y capacidad de negociación con las industrias transformadoras. Así que unos 174 productores de San Mateo -según las referencias de aquellos años-, conscientes de la necesidad de aunar esfuerzos, se asociaron para crear un 8 de octubre de 1913 el sindicato agrícola de la localidad, aunque habría que esperar hasta 1945 para que esta organización se convirtiera en cooperativa.

Comenzaban a soplar entonces vientos de modernidad y las buenas tierras de la localidad dejaban de acoger viñas para convertirse en productivos regadíos en los se erguía un maíz con el que los agricultores podían mejorar la rentabilidad de las explotaciones.

Pero no se conformaron. En su afán por prosperar, los responsables de la cooperativa buscaron fórmulas que les permitieran conseguir mayor valor añadido. Se plantearon construir una deshidratadora de alfalfa, pero acertaron decidiendo finalmente que sería más acertado levantar un secadero para mejorar su cereal, de gran calidad pero con mucha humedad. Dicho y hecho, las instalaciones comenzaron a funcionar en 1963.

El impulso de la ganadería

Aún se podía ir más allá. Por eso, y de la mano de José Manuel Campo, presidente de la cooperativa y «un adelantado a su tiempo», aseguran los que lo conocieron, los socios se plantearon la posibilidad (o necesidad) de aprovechar el protagonismo que estaba adquiriendo la ganadería (primero de pollos y más tarde de porcino) para levantar dentro del complejo de la cooperativa una fábrica de piensos compuestos. Dependería, eso sí, de una nueva cooperativa. La decisión se hacía realidad en 1967 con el nombre Cooperativa Ganadera Virgen del Rosario.

Comienza así el trabajo conjunto, «esa simbiosis», como la llaman sus socios, entre la agricultura y la ganadería de la zona, que hizo posible que todo el cereal que producían los campos de los agricultores socios se convirtiera en piensos compuestos para abastecer a una ganadería que comenzaba a crecer impulsada especialmente por profesionales que querían dedicarse al sector pero no disponían de tierras.

Se caminaba así, ambas cooperativas de la mano y aunando esfuerzos para seguir creciendo, cuando España se integró en la entonces Comunidad Económica Europea. La pertenencia al club europeo regaba el campo aragonés con una fina lluvia de millones, que llegaron en forma de ayudas directas contempladas en la Política Agraria Común (PAC).

No todo ha sido un camino de rosas. En todo este recorrido ha habido crisis agrícolas, de precios, expansiones que casi llevan a la ruina e incluso escándalos como el de las dioxinas, pero la cooperación demostró, una vez más, ser la mejor herramienta para sortear las dificultades. Y para seguir creciendo.

El arte de alimentar

El salto cualitativo y cuantativo se produce con la llegada del siglo XXI. La fábrica de piensos no daba más de sí y se hace necesario buscar una solución que incrementara la capacidad de fabricación y permitiera la apertura a nuevos mercados. La alternativa volvía a pasar por la colaboración. Cuatro cooperativas -la de Almudévar, la de San Mateo, la de Caspe y la Jaca- deciden en 2003 acometer un proyecto conjunto: la construcción de Ars Alendi (el arte de alimentar), una nueva, más moderna y mayor fábrica de piensos cuya construcción se inicia en 2005 para que entre en producción dos años después.

La cooperativa amplía su actividad participando en la cría de ganado porcino dando un impulso decisivo a la expansión de este sector en la zona mediante la fórmula de la integración. Se levanta un centro de inseminación, que se va ampliando en sucesivas etapas y en 2016 se construye la granja Valseca, con capacidad para más de 3.500 cerdas.

No termina aquí esta historia, que tiene por delante todavía mucho futuro. Sus cifras lo atestiguan. Ars Alendi no ha dejado de crecer, y con ella o a la vez que ella, las cooperativas de San Mateo Apóstol y Virgen del Rosario, que han formado un grupo que integra a 10 empresas, da empleo a 150 trabajadores y produce 240.000 toneladas de pienso, casi el doble que aquellas 130.000 toneladas que fabricó en su primer año de funcionamiento. Comercializa además 400.000 cerdos, una cifra que sus responsables esperar elevar a 600.000 en el próximo año. Y su motor es el «orgullo» -sentimiento que más repitieron sus artífice durante la celebración del centenario y cincuentenario de ambas cooperativas- de sus más de 1.000 socios, cuyo empuje «ha sido el verdadero artífice de todo ese crecimiento», señaló su gerente, Enrique Bascuas.

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