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Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Pasos sobre el paraíso

Nadie quiere un parque para meterlo dentro de una urna. Amarlo y conservarlo es compatible con disfrutar de él hoy y mañana, con talento y respeto. Muy distintos pasos lo pisan: los del intrépido alpinista, los del montañero fiel, los del visitante que va de excursión, los del guarda que lo cuida.

Actualizada 27/08/2018 a las 14:52
Vertiginosa excursión por la faja de las Flores, solo apta para público con experiencia en montañaToñi Ferrández


La mirada de los pirineístas franceses se asomaba a Ordesa casi siempre desde lo alto, pues accedían desde Góriz, la Brecha o Gavarnie. Con esta visión panorámica en mente, interpretaron los relieves y trazaron los mapas. Mientras tanto, los montañeses de los valles del Ara y el Cinca, del Bellós y el Yaga, convivieron con la montaña desde abajo y el paisaje humanizado se superpuso al relieve.

Una geografía accidentada y un clima extremo preservaron durante siglos estos parajes. Los montañeses que los habitaban fueron trazando senderos, construyendo puentes, refugios de pastores, tallando bancales para cultivar, sacando provecho de pastos y bosques. Fue esta una tierra de pactos entre valles vecinos para pastar y vivir en paz.

El territorio del parque no incluye núcleos habitados, pero están en su órbita (área de influencia) las localidades de Torla, Broto, Fanlo, Bielsa, Puértolas y Tella-Sin. Dentro de los límites del parque, se admite un mínimo de intervención humana, en forma de ganadería extensiva y algunas actividades de ocio o deportes al aire libre autorizadas (a veces con un permiso especial, como en el caso de la espeleología). Bajo la premisa del desarrollo sostenible, el parque es hoy un dinamizador turístico y cultural de estos valles y comarcas del Alto Aragón.

Desde su declaración como parque nacional, hace ahora cien años, el reto ha sido combinar la conservación de los valores naturales con el uso o disfrute público ordenado. Una labor delicada pero posible.

Los pasos que lo transitan son muy diferentes: el paso seguro del montañero con experiencia, el trote masivo del turismo, el paso audaz del deportista que busca batir récords o el de los guardas que se conocen cada palmo.

 

Galería:Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

 

Vivero de montañeros

Aragón es un vivero de montañeros. En 2017, eran 186 los clubes agrupados en la Federación Aragonesa de Montañismo (FAM). Suman más de 12.000 federados. En los clubes de montaña convive el espíritu deportivo y de superación con el enfoque menos competitivo de quienes simplemente viven la montaña desde dentro. Desde el senderismo a la alta montaña, escalada, esquí de travesía, raquetas... Con la filosofía de que los más experimentados transmitan la pasión y el respeto por la montaña a quienes comienzan, que, compartiendo excursiones, acaban convertidos en montañeros autónomos que realizan sus actividades con seguridad y que pueden continuar la cadena.

De visita o de paseo

Habitualmente con mucha menos formación, visitan el parque cada año miles de personas. Al urbanita le atrae el paisaje, la fauna, la flora..., los sonidos y los silencios, el aire limpio de la montaña. El total de visitantes supera la cifra de 600.000 al año. Semana Santa, julio, agosto y septiembre son épocas de afluencia masiva. De ahí que el uso público se convierta en un problema para la gestión y conservación del parque nacional.

Las labores de vigilancia y conservación de la naturaleza son desempeñadas por los agentes de protección de la naturaleza y los guardas de Ordesa y Monte Perdido. La plantilla al servicio del parque supera, en las épocas de máxima afluencia, las cien personas –33 empleados públicos y el resto trabajadores de Sarga–.

Surcan el parque un sinfín de rutas que hay que escoger según el nivel físico y experiencia de cada persona. Desde los años ochenta, de la mano de la FAM se fueron señalizando itinerarios, los senderos de gran y pequeño recorrido –GR, con los colores blanco y rojo; y PR, en blanco y amarillo, respectivamente– y senderos locales –SL, en blanco y verde–. Algunos tramos están equipados con clavijas (el herrero de Torla instaló en el siglo XIX las de Cotatuero, por encargo de un cazador inglés que pagó 250 pesetas).

Pero no solo la abrupta orografía hace de la montaña un medio de riesgo. La presencia de hielo y nieve o los cambios de la meteorología pueden convertir un paseo en un accidente y un rescate. La campaña Montaña Segura trabaja desde hace años para promover conductas responsables.

Porque una buena equipación es necesaria pero no suficiente. Hay que llevar también prudencia en la mochila, respeto a la montaña y el mandamiento de disfrutar sin perturbar la tranquilidad de la naturaleza.

El Tozal, hito de la escalada

El parque nacional es también terreno ideal para la ambición deportiva de los escaladores. Los 400 metros de verticalidad del Tozal del Mallo lo convierten en emblema. Un relieve singular y retador, un centinela rocoso que hizo soñar a los escaladores con las más audaces formas de hacer cima en esa pared imposible.

En abril de 1957, Jean Ranvier y cuatro compañeros alcanzaron, en dos cordadas, la cima del Tozal por su cara Sur, tras 17 horas de ascensión y una noche en la pared. Desde entonces, la Ravier del Tozal se convertiría en vía de referencia y grado para varias generaciones de alpinistas y hoy es una escalada clásica.

Un mes más tarde, los aragoneses Rabadá, Bescós y Nanín igualaron la hazaña de los franceses y, en 1963, Rabadá y Díaz lograban completar una ‘primera’, la vía de las Brujas. Otra gran vía clásica de la cara Sur del Tozal es la Franco-española (1960), fruto conjunto de las cordadas Anglada-Guillamón y Bellefon-Sarthou.

Desde los años ochenta, el Tozal es escenario para las nuevas tendencias de escalada sin cuerda o solo integral, la modalidad más peligrosa.

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