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Centenario del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Añisclo, un agreste paisaje cortado por el filo de un río

Añisclo es una profunda brecha que corta la montaña de Norte a Sur. Alimentado por cascadas y surgencias, el caudaloso río Bellós discurre por una impresionante garganta de 21 km.

Actualizada 27/08/2018 a las 14:48
El cañón de Añisclo desde el mirador de las Cruces, desde donde vemos el pliegue anticlinal de MondotoEsteban Anía / Fototeca de la Diputación Provincial de Huesca


Una gran grieta se abre paso. Es la espectacular obra de un río, el Bellós, que, tenaz como nadie, fue disolviendo las calizas cretácicas del macizo de Monte Perdido hasta horadar un profundo desfiladero que, más que un valle, es un tajo. Claro ejemplo de cauce encajado en rocas calizas, donde los procesos fluviales y kársticos trabajan conjuntamente.

El estrecho cañón propone que juguemos a rehacer el puzle: a falta de una pieza, el saliente del Mondoto encaja con Sestrales. Desde estas alturas, se aprecia un paisaje de suaves praderas rotas por una hendidura sobrecogedora: el valle más angosto del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, donde los árboles se esfuerzan por conquistar los imponentes farallones. Todo a una escala de vértigo, que en algunas zonas supera los 1.000 m de desnivel. Un trío vigila desde más arriba: las Tres Sorores. No existe nada igual en los Pirineos y hay muy pocos cañones en los Alpes con un desarrollo tan grande. En Añisclo se pasa de tener vegetación típicamente mediterránea hasta alpina.

El desfiladero de las Cambras invita a adentrarse en los secretos del angosto valle del río Bellós, afluente del Cinca. Este es el tramo bajo que conduce al cañón de Añisclo propiamente dicho.

Un sendero de montaña recorre el cañón. El río está encajado entre paredes de roca desnuda con pequeños rellanos con vegetación. Varios miradores permiten asomarse a las cascadas. Impetuosa, el agua procedente de surgencias se abre paso y, barranco abajo, termina en el Bellós. Los cursos de agua que surcan este territorio salvan fuertes desniveles con acusadas pendientes. El máximo anual de mayo da origen a los mayencos o ríos crecidos por el deshielo. En cualquier época del año el murmullo del río, que discurre entre pozas y cascadas, acompaña los pasos.

Al ascender, el valle va perdiendo su carácter encajado con perfil en ‘V’ para pasar progresivamente a uno en ‘U’, típico de valles glaciares (paredes escarpadas y fondo plano). Tras un recorrido angosto entre luces tamizadas, el paisaje se ensancha. El cañón se convierte en una cuenca glaciar que asciende hacia la gran ‘U’ del collado de Añisclo, increíble mirador de los valles de Pineta y Añisclo. Por la surgencia de la Fuen Blanca salen las aguas subterráneas, que se precipitan formando una gran cascada. El agua parece surgir de la pared y así es, pues es un manantial que drena un sistema kárstico. El conjunto de cuevas de la Punta de las Olas, cuya entrada se sitúa a casi 3.000 m de altitud, es el sistema kárstico más elevado de Europa. Un laberinto subterráneo de más de 400 m de profundidad y más de 3 km de recorrido espeleológico.

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No hay espacio aquí para grandes bosques, pero la vegetación crece densa y diversa: hayedos, pinares, carrascales, masas de abetos, tejos, arces... y plantas que viven en la roca, como la grasilla, que se alimenta de insectos.

Desfiladeros tan grandes y estrechos gozan de gran estabilidad climática: humedad constante y más elevada que en el exterior, y temperaturas mínimas suaves y máximas no tan elevadas. Además, las diferencias de temperatura entre las partes altas y bajas del cañón no son tan acusadas como cabría esperar.

Debido al fenómeno de la inversión térmica, al fondo de la garganta, húmedo y fértil, crecen hayas, arces y avellanos; mientras carrascas y otras especies propias de zonas secas y calurosas ocupan las soleadas alturas. En zonas como la faja Pardina, colgada en los abismos de Añisclo, plantas como la madreselva pirenaica, la corona de rey, el boj e incluso enebros y rosal silvestre, aprovechan cualquier fisura para crecer, asomadas a una impresionante panorámica.

Cocodrilos en el Pirineo

Se le llama ‘el cocodrilo de Ordesa’ porque el fósil de su cráneo fue recuperado, hace más de 20 años, por encima de los 2.000 metros de altitud en el valle de Añisclo, en el término municipal de Fanlo-Valle de Vio. Estaba atrapado en rocas de hace 50 millones de años, cuando, en vez de Pirineos, había un mar tropical donde, entre otros animales, vivían cocodrilos marinos, de grupos extinguidos en la actualidad.

Tierra de pastores

Los refugios hablan de que esta fue tierra de pastores. Los pastizales son un ecosistema esencial en este sector y en todo el parque nacional. El ganado pasaba la época estival en los prados de alta montaña que hoy, perdida buena parte de la actividad pastoril, invaden aliagas y lavandas. Desde praderas como las de Sesa podemos asomarnos a la grieta de Añisclo y ver también cómo desaparece la hierba frente al lapiaz de blanca roca caliza.

San Úrbez, santo de la lluvia

El puente antiguo de san Úrbez se ve hoy afeado por otro más moderno. Ambos sobre un cortado impresionante. Conducen a la ermita de este santo, ubicada en un abrigo rocoso originado por la acción de las aguas subterráneas y declarado Bien de Interés Cultural y Patrimonio Mundial del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica. A san Úrbez se le profesa gran devoción en todo el Alto Aragón, donde se le reza para pedir lluvia. Los pueblos del valle de Vió acuden cuatro veces al año en romería a su ermita, construida en el interior de la cueva del Sastral. Buscando llevar una vida tranquila, trabajó de pastor. Según la tradición, al no poder vadear con su rebaño un torrente, crecido por una tormenta, colocó su cayado y por él atravesó todo el ganado. Otro hecho extraordinario que se le atribuye es que las fieras seguían sus pasos y se domesticaban en su proximidad; en una ocasión, tocó con su bastión a un oso que sembraba el terror por la comarca para amansarlo, librando de él a los lugareños para siempre.

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