Solo cuando les conviene

Cuando desde el Museo de Lérida se imputa a Aragón falta de diligencia en la conservación del patrimonio de Sijena, no se tiene en cuenta que mientras las piezas estuvieron en el monasterio no existía una Administración propiamente aragonesa.

Inauguración de la exposición de Sijena.
Rafael Gobantes

Desde este viernes pueden volver a verse en Sijena tres de las cinco cajas sepulcrales góticas, de madera policromada, que tuvo el monasterio. Son piezas excepcionales, del siglo XV, ejecutadas por algunos de los artistas más destacados de su época, como Blasco de Grañén o Miguel Ximénez. Contuvieron los restos de algunas religiosas importantes y los de una condesa, María Ximénez Cornel, que fue a terminar sus días al gran cenobio de los Monegros. Fueron hechas, en algunos casos, cuando quienes las ocuparon llevaban cien años fallecidas, y no es esta la única incógnita que queda por resolver sobre estas fantásticas obras, pues se da la circunstancia de que dos de ellas pertenecieron a una sola persona, y que al menos una estuvo vacía. Solo hay, que sepamos, otra pieza más similar a estas, aunque es mucho más pequeña y más tardía; también es aragonesa y se expone en el Museo de Tapices de la Seo.

La urna sepulcral de María Ximénez Cornel, condesa de Barcelhos, se conserva en el Museo de Zaragoza desde 1922; una de las dos ‘repetidas’ se perdió en la guerra civil; y las otras tres son las que regresaron desde el Museo de Lérida el pasado 11 de diciembre. Nos vamos a detener en las peripecias sufridas por estas últimas hasta su regreso.

Estos singulares sepulcros fueron salvados por gentes del pueblo de Villanueva cuando se quemó el monasterio en agosto de 1936. Da fe de ello el relato de José María Gudiol, quien indicó que a su llegada a Sijena tiempo después, al ponerse en contacto con el comité revolucionario, les dio orden de enviarlas al Museo de Lérida junto con otras tablas góticas que habían rescatado del fuego, como así se hizo. En Lérida permanecieron hasta 1938; de ahí pasaron a Zaragoza, donde en 1940 se organizó una exposición en la Lonja titulada ‘Arte recuperado’, y tras ello volvieron a Lérida. Cuando las monjas de Sijena regresaron a su convento, en 1945, reclamaron su patrimonio al obispo de Lérida, que se lo retornó, en parte, en 1948. Así que las cajas sepulcrales regresaron a su lugar de origen. Veintidós años estuvieron en manos de sus dueñas, hasta 1970, cuando, tras la marcha de las religiosas a Barcelona, el obispo ilerdense mandó recogerlas y volvieron a Lérida.

No sabemos en qué condiciones se conservaron allí; pero sí, que estuvieron sin restaurar hasta principios del siglo XXI, cuando se estaba construyendo el Museo de Lérida Diocesano y Comarcal, que es el actual y que fue inaugurado en 2007. Más de treinta años, por tanto, permanecieron en la ciudad del Segre sin que se llevara a cabo ninguna intervención sobre ellas. Una de esas cajas fue restaurada a finales del 2000, tras haberse firmado un convenio con la Feria de Mollerusa, que aportó el dinero necesario; a cambio, la urna gótica, a medio restaurar, fue exhibida en su feria de antigüedades. No sabemos si se exigieron estrictas condiciones ambientales para permitirlo.

Toda esta información se la ofrezco especialmente a Àngels Solé, directora del Centro de Restauración de Bienes Muebles de Cataluña, dependiente de la Generalitat, y autora del editorial del último número de ‘Rescat’, el boletín de ese centro, titulado ‘Es Aragón el que no conservó las obras de Sijena’. Se afirma allí que los bienes de Sijena "continuaron en el monasterio en un proceso de degradación creciente durante muchas décadas, bajo la administración aragonesa, que no manifestó ninguna preocupación por su restauración". Bien, ya ve que las obras estuvieron en Sijena solo dos décadas, y en un periodo, el del gobierno de Franco, en el que no existía una administración propiamente aragonesa, pues la responsabilidad sobre el patrimonio recaía en la Dirección General de Bellas Artes. Hay que indicar, sin embargo, que desde 1873 el monasterio de Sijena estaba adscrito al obispado de Lérida, circunstancia que se esgrime cuando se trata de justificar su derecho a llevarse las obras. Así, pues, parece que nos acordamos de la pertenencia de Sijena a Lérida solo para esto, y no cuando se trata de pedir responsabilidades sobre la custodia y correcta conservación del patrimonio englobado en esa diócesis. No es lícito aludir a la vinculación entre Sijena y el obispado ilerdense solo cuando nos conviene. Habríamos de tenerlo claro.

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