Esther Aguado: "El amor por mi hija fue lo único que me hizo dejar el juego"

Lleva 25 años al frente de Azajer y acaba de denunciar el aumento del número de jóvenes aragoneses enganchados al juego. La misma enfermedad que padeció durante años y que casi destruye su vida.

Esther Aguado: "El amor por mi hija fue lo único que me hizo dejar el juego"
Raquel Labodía

Nació hace 60 años en Clermont Ferrand (Francia) y aún se le escapa algún tono que recuerda sus raíces. Hija de refugiados, Esther Aguado llegó en 1976 a una Zaragoza muy distinta a aquella Barcelona abierta que le acogía en sus vacaciones junto a sus abuelos y donde conoció a quien fue su marido. Una boda con la que huía de un padre alcohólico, de una dura situación familiar que tiempo después le llevó hasta el juego al que estuvo enganchada durante años y que casi destroza su vida. El amor por su hija le sacó de un pozo negro que le llevó incluso a la calle y hoy es una mujer risueña, encantadora, de sonrisa fácil y muy firme en sus convicciones. Desde hace 25 años está al frente de Azajer (Asociación Aragonesa de Jugadores de Azar en Rehabilitación) donde tiene fama de dura en sus rehabilitaciones, "pero hay que ser así, porque te engañas a ti misma", dice. Acaba de denunciar el aumento del número de jóvenes aragoneses enganchados al juego y la impunidad con la que se incita al él y a cualquier hora del día, porque, asegura, "hay gente muy conocida que anuncia bingos virtuales o que aparece como jugador de póquer. Son Nadal, Ronaldo, Piqué, Jorge Javier Vázquez... Te animan a que apuestes mientras escuchas un partido de fútbol por la radio, la televisión o frente al ordenador, donde tantas horas pasan los chavales. Los padres deben saberlo y aprender a verlo. Es dinero rápido, porque a la ruleta virtual puedes ganar hasta 10.000 euros, y pedir un crédito en cualquier momento y lugar. Pura adrenalina", explica, mientras recuerda cómo detrás de muchos desahucios hay deudas de juego y la desesperación; cómo puedes llegar a lo peor, a hundirte en un abismo, como le sucedió a ella y del que salió sólo por el amor a su hija. "Tiene 36 años y tenía 12. No se dio cuenta porque la nevera siempre estuvo llena y no desordené su vida".


Es usted feliz.

Mucho. Tengo un nieto precioso y estoy muy bien conmigo misma. Me gusta ayudar a la gente, aunque me dicen que soy dura, pero es que he pasado por todo ello y sé cuándo me mienten y me quieren dar la vuelta, porque yo lo he hecho, he mentido muchísimo, tenía una doble vida y me creía mis propias mentiras.


Dígame qué significa el juego.

Más bien la ludopatía. Es una enfermedad, así lo dice la OMS, menos en España porque no se le considera de ninguna manera. Aquí se hace prevención, y Sanidad aun no nos ha reconocido un tratamiento que está profesionalizado, con médicos, psicólogos, trabajadores sociales; en grupos de autoayuda para enfermos y familiares. Así desde hace 27 años, desde 1989. Las ayudas a Azajer cada vez son menores, porque al comienzo teníamos unos 100.000 euros de un convenio por parte de Salud Pública y ahora tenemos 12.400. Tratamos a 80 personas y 80 familiares porque no podemos tener a más. Interior nos dio 30.000 euros y este año 25.000. Quien puede paga una cuota.


Tiene que ser agobiante, porque ha pasado por todo el proceso.

Yo vine aquí en 1991 forzada por las circunstancias. Llevaba desde el 86 jugando. Comencé a hacerlo de manera accidental en un bingo y el primer día canté, 16.000 pesetas, que era dinero. Una semana después volví y volví a cantar. En aquellos años se iba mucho, había colas para entrar, y solo por las tardes, algo que no podía porque tenía una hija pequeña y mi vida estaba construida aparentemente bien. Yo pasé pronto la barrera porque cuando no podía ir al bingo jugaba en las máquinas de los bares, porque también el primer día que metí 25 pesetas me tocó el gordo, 12.500...


Parece que atrajera a la suerte.

Todos comenzamos igual. Me había separado y cuando mi hija se iba los fines de semana con su padre yo me iba al bingo. Cuando me di cuenta estaba metida en un agujero negro en el que el juego se llevó más de cuatro millones de pesetas que tenía en un plazo fijo por la venta de un casa. Me daba cuenta y todos los días me decía que al siguiente dejaba de jugar, pero era imposible; cuando ya no tuve dinero pedí préstamos, llegué a pedir medio millón de pesetas al banco avalando con mi piso. Estaba tan desesperada que me cada día me decía que iba a ser el de mi suerte, hasta que se descubrió todo y mi madre me dio un ultimátum: o me ponía en tratamiento o me iba. Y me fui.


¿A la calle?

Sí, porque yo me decía que no tenía problemas, que podía salir por mi misma sin tratamiento ni nadie que me ayudase. Me fui al albergue municipal y mi hija se la llevó mi ex marido. Estuve 24 horas, porque después de estar con una trabajadora social a la que le conté una milonga tremenda me llevó a un piso casi como una mujer protegida.


¿Tanto mentía?

Todo, y además pedí un anticipo y seguí jugando. Volvió a tocarme el bingo y volvió a irme muy mal y acabé llamando a mi madre y pidiendo ayuda. Para mi madre fue muy duro. Mire, no me machaco, no me siento orgullosa de mi pasado, pero me ha servido para ser de otra manera, para reflexionar, porque debajo del juego siempre hay problemas, miles de problemas personales, porque somos personas inmaduras que escondemos la cabeza, sin autoestima. Siempre hay algo que viene de lejos, incluso de la infancia como era mi caso. Hay quienes pueden superar sus problemas, quienes no y quienes saben canalizarlos.


Ayuda con su ejemplo.

Me he analizado mucho hasta ver y entender muchas cosas de mi vida, y no es cuestión de buenos y malos, porque todos los factores influyen. El juego es solitario, cuando comencé a salir hice la autoprohibición de entrar en salas y tampoco jugaba a las máquinas en los bares, porque me daban una asignación, porque me bloquearon mi dinero y hasta un año después no pude comprar ni un cartón de leche, estaba completamente tutelada. Cuando me quedé sin nada, lo único que quería era estar con mi hija y ella fue la que me trajo aquí, fue por ella, porque me daba igual abandonarme, vivir o no vivir.


Lleva usted toda una vida en Zaragoza.

Estoy aquí desde 1975. Nací en Francia de padres españoles, refugiados políticos; mi padre era de Soria y mi madre catalana. Mi padre estuvo 13 años en prisión y en uno de los permisos se escapó a Francia y se le unió mi madre, a la que había conocido en un permiso en Barcelona. Estuve en Francia hasta los 22 años, cuando vine para casarme. A mi marido lo conocí en unas vacaciones en Barcelona.


¿Siempre fue mucho a Barcelona?

Sí, sí, a ver a mis abuelos maternos. A mi familia paterna no la conocí porque renegaron de mi padre, que nunca regresó. Era alcohólico.

Superar un exilio, haber estado en la cárcel, escaparse, es muy duro.

Mucho y yo no lo entendía. Nos dio una vida horrible con su alcoholismo. Mi madre lo aguantó todo y yo me casé para escapar de aquello. Todo eso salió después, cuando me enganché al juego y cuando con el tiempo entendí por qué lo hice.

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